Tuesday, August 02, 2011


Un león buscando alas.

…mamá sabe bien, perdí una batalla

quiero regresar sólo a besarla

no está mal ser mi dueño otra vez

ni temer que el río sangre y calme

sé bucear en silencio.

Tarda en llegar, y al final

al final hay recompensa.

Zona de promesas. Soda Estereo.


Últimamente me hablo en plural, como si fuera muchas. Y parece que lo soy, pero no encuentro mis recuerdos, y la verdad, no sé si tengo tiempo de buscarlos, y menos de encontrarlos. ¿Qué haría con ellos? Sí. Soy muchas. Muchas que estallan y gimen, nunca necesité las palabras. Pero mi ansiedad me traiciona. Siempre ha parecido lo contrario, son buenas para ocultar la intensidad de los truenos y las tormentas. La tierra húmeda - ¿o seca? - bajo mis garras me recuerdan que aquí estoy. Ahora soy sólo mi olor y él que me busca, busca mi piel. Es lo único que puede imaginar suyo. Se mueve tratando de ocultarse en el follaje. Hace ruido, puedo olerlo. Yo no debería estar en un bosque, y él no debería oler a zorrillo. Bermellón. Se frota su cabeza, me froto la cabeza, es difícil no gruñir. Tampoco sé porque estoy sola, y pensando en sumergirme en el mar. Está entre él y yo. Ninguno de los dos sabe nadar. Si ahorita le agazapo la garganta, ya no podrá decir nada más. Y nos inundará el silencio ¿pero a mí me saldrán alas? Yo quiero que bailemos de nuevo como la primera vez que nos vimos, tú de café y bermellón, yo llena de flores nitrogenadas esperando un estallido furtivo de tus ojos de caleidoscopio. Cursi como parece que es una de mí. Nunca había matado a alguien tan pronto, nunca había alguien sido tan importante tan pronto. Nos meamos, pero él trae una escopeta. En una noche serena, ahora ¿quién es la presa? Ambos perdemos la batalla. El sí dispara me tendrá llena de hoyos, yo si lo mató me saldrán alas. Nos desgarraremos. ¿Prefiero nieve antes de que alguien sangre copiosamente inundando las olas? ¿No existe? Si. Ahora estamos frente a frente, somos él o yo. Huele a adrenalina. Nunca me ha gustado el olor de los presagios. Mis ojos amarillos, 157 veces, tú y yo. Tú tienes una escopeta, yo tengo una animadversión, severidad que nunca pensé que existiera, y menos tan pronto. Ella. Yo. Tú. Tu sangre no se mezcló con las olas. A mí hasta hoy, no me han salido alas.

Junio 2011.

Monday, March 28, 2011


Saudades que escampan.

No sólo te despides de cosas que existen, a veces, también te despides de cosas que nunca fueron. Se siente la nostalgia. Ansiedad por seguir teniendo esa ilusión de lo que pudo haber sido. El recuerdo de una alegría ausente, doblemente ausente, porque nunca existió.

Mariana lo deja ir mientras dobla la ropa, le gusta el olor a limpio, odia las despedidas. Lo conoció una tarde de verano, hace tantos años que de mencionarlos le dan escalofríos. Llevaba una mochila negra que combinaba bien con tenis y su cabello despeinado. Tenía la mirada con brillitos de estrella y unos labios que saben a chocolate y menta que embriagaban al mezclarse con su aroma a mar y pasto recién cortado. De cerca, Mariana descubrió volcanes, estrellas fugaces, fogatas, y se topó con témpanos de hielo violetas y azules. Reverdeció en sus ganas, se tornó en hierbas y abrojos, brindó abrigo y desasosiego. Y como barco de papel, ante la vastedad del agua, innecesaria, un día se hundió. Mariana, dobla ropa y abraza una camisa que aún huele a lo que nunca fue. Le gusta el olor a limpio, pero a pesar de todo odia las despedidas. Haber amado tanto, tanto tiempo.

Mariana se mira en el espejo, mientras pasan los días,

en momentos descubre lucecitas en sus ojos

después de sólo mirar angustia.

Empieza a sentir pequeños toquecitos eléctricos,

bocanadas de aire que entran a su vida.

Espera no permitir que la esperanza migre,

decide que la despedida sea a los pájaros

que anidan en su cabeza.

Un día a la vez, sólo por hoy.

…………..

Benito tenía sed. Desde hace varias noches, de súpito se levantaba como si le faltara el aire pero en realidad desde hace mucho tenía sed. Sólo una vez Malena fue río en su cama, y la desbordo de besos y alcohol, un 24 de agosto. Benito aún espera que su mano la encuentre entre las sábanas como si siempre hubiera dormido con ella. Malena apenas fue su amiga, pero dejó de serlo el día que ella le pidió serlo. El quería ríos, besos, mimos. El no podía ser su amigo, ella no quería ser río.

Benito quería lastimarla, hacerla sentir culpable

por su desasosiego. Pensó en que si le mostraba lo miserable

que era su vida sin ella, Malena volvería abrazarlo.

Y tiene compasión, cariño, algunos besos y

cosas que se parecen al amor pero con el volumen bajito.

El no fue amigo, ella ya nunca fue río.

…………………

Escampa, aún en el cielo de las montañas a veces escampa, Antonia lo sabe por eso casi vivía ahí. Y hoy, sin haber realizado nunca la mudanza se despide de las piedras de sus calles, de los cerros que guían su caminata y de los amigos que aún no lo eran. Pero un día Filiberto, su sombrero, salió volando sin que hubiera algo lo detuviera, ni siquiera el esqueleto de una vaca, rodo por el suelo hasta desaparecer. Antonia estaba sola ante la vastedad de la sequia, lloró pero sus lagrimas cayeron en un suelo demasiado seco. Aún después de ese día, pensó que podría quedarse ahí, ¿Por qué amar lo que aún no existe? ¿Cómo se aprende a despedirse de quimeras?, y hoy, un día cualquiera, como ayer, como un 3 de septiembre, un 24 de agosto, decide que su lugar no es ahí, y en silencio y con un tiquete hacia las montañas, sabe que va sólo a despedirse de ellas. Aunque en las montañas también escampe, ahora sabe que ahí, no quiere vivir

Antonia, ha dedicado más tiempo a arreglar su jardín

que hacer su maleta. Cuando regresé seguramente

estará floreciendo, la recibirán jazmines y rosas,

hierba santa y limones. Esta vez, siente la paz

de saber que no va a buscar un lugar a donde vivir;

este es simplemente un viaje.

Tuesday, September 08, 2009


Revancha en el paraíso.

Soñé que todas las familias del pueblo estaban subidas en un árbol. Yo las miro desde abajo. El viento sopla tan fuerte que hasta me retumbaran los huesos. Les pido que bajen, que hablen conmigo pero todos me observan en silencio. ¿Subiré?

A Juan Adrián le gusta jugar a bañarse como lo hacen los burros, aunque tenga 18 años. Lo hace cuando nadie lo ve. Se siente libre. El sábado es la fiesta de San Juan, van a tronar pólvora a fuera de la iglesia y en el baile va a tocar La furia de la cañada. Va a ir todo el pueblo. Doña Candelaria, su madre, no quiere que tome trago pero ese día es difícil no hacerlo. Tiene unas botas nuevas que compró con la beca que recibe de un programa de gobierno. Las únicas que tiene, las usa en la milpa pero sin querer les derramó el líquido que utiliza para que no caiga el gusano cogollero, y pues hasta la piel de animal muerto vuelve a morir con los elixir de Monsanto. Su padre murió hace varios años intoxicado, un mucho de alcohol y tanto de agroquímicos.

Juana Guadalupe, también va a ir a la fiesta de San Juan con sus hermanas. Su papá no le quiere dar permiso pero seguro se pone borracho y ni cuenta se da. Y si se da, pues no pasa que le den de chicotazos, pero lo bailado nadie se lo quita. La madre, Doña Teresa murió hace unos meses de tuberculosis. Antes de morir le dijo que debía poner siempre, sólo al plato de su padre, una tapita del líquido para los gusanos. Todos los días.

Es día de San Juan y no llueve. Las campanas anuncian el inicio de la celebración. Huele a pólvora, el estruendo hace que hasta el corazón se mueva de lugar. La fiesta es sobria. Los más jóvenes bailan, pero antes de iniciar esperan a que la canción avance varios compases, luego una mirada discreta del chico da la autorización a la chica de iniciar el baile.

Doña Candelaria observa de lejos a Juan Adrián. Lo ve tomando trago y frente a sus compañeros de escuela lo regaña. Se pone bravo, frente a todo el pueblo avienta a su madre. Todos observan. Avergonzado corre a su casa, a pocos solares de la iglesia donde se celebra al patrono del pueblo. Entra al cuarto que comparte con sus cuatro hermanos y su madre. La furia de la Cañada se escucha a lo lejos. Siente como todo se detiene cuando observa la botella de tapa negra con muchas letras que apenas entiende. Hasta no verte Jesús mío. Doña Candelaria entra al cuarto, ya no puede hacer nada, sólo lo levanta en sus brazos: “tú eras el hombre de la casa, ahora quien verá a los maicitos y los animales”. Hasta su madre huele a pólvora.

Todas las familias del pueblo están arriba de un árbol. Yo los miró, les pido que bajen que quiero hablar con ellos. Sólo me observan. Aunque hablaran no nos entendemos, en los colegios no enseñan los idiomas de la pobreza.


Sureste, Agosto 2009.

Thursday, July 02, 2009


Diario de campo 11.

Vuela sobre mí un barco con velas rojas, que se incendia. Intento apagarlo dando palmotadas, sin ton ni son. Veo que mis manos son como eran antes —sin surcos, sin pecas— levanto la mirada y estoy frente a un espejo. De repente me estrello en mí, no me rompo pero al estallar salen muchas mí mismas de diferentes colores. Me incendio.

— Nuevamente las 4 de la mañana— piensa molesta Antonia mientras observa el reloj de la mesita de noche —¡chingado! mañana tengo junta a las 9 de la mañana— Da vueltas durante un rato en la cama. No puede volver a dormir y tampoco quiere molestar a Miguel con sus insomnios. Decide mejor levantarse, preparase un té y ponerse a trabajar en el artículo que tiene que entregar en una semana.

Antonia está cansada, no sólo de no dormir sino de ser Antonia, se tardó tantos años en inventarse, en representarse día a día hasta convertirse en lo que ahora es, para encontrarse a los 50 años queriendo ser cualquier otra cosa lo más lejana posible a la Doctora Antonia, es ridículo.

«Hay una clara separación en las categorías analíticas de los estudios de estilos de vida realizados en los estudios de mercado y las que se utilizan en el ámbito de la investigación de programas sociales. La producción y reproducción de la estructura social es observada desde diferentes aristas» —uta, alguien me leerá, piensa mientras lee nuevamente lo que acaba de escribir— la producción y reproducción… —y yo, ¿Cada que me nombro me reproduzco? Y si no me nombro, ¿dejaría de existir?— no puede evitar reírse de su netita de las 4.30 de la mañana, agregando— pero bueno, ni Dios ha sido impune a la tentación de reproducirse.

El pitido de la cafetera automática y la presencia de Miguel en el estudio con una taza de café, le informan que son las 7:00 de la mañana.


Buen día titi, ¿cómo va ese artículo? —dice Miguel sin mostrar sorpresa por encontrarla trabajando

Buen día —dice Antonia tomando su taza de café— sigo celebrando tu idea de comprar una cafetera tan independiente. Hoy termino tarde pero qué te parece si nos encontramos a las nueve para cenar en este lugarcito de risotos que tanto nos gusta.

Te extraño titi —dice Miguel dándole un beso en la frente—

Yo también me extraño —dice Antonia con una ligera sonrisa— Nos vemos ahí.

Se da cuenta mientras busca las llaves de su camioneta, que después de todo se le hace tarde. Su día transcurre entre juntas, papeles y libros que revisar, para las 5 de la tarde está exhausta, decide irse a su casa para arreglar su estudio, está decidida a deshacerse de una buena parte de sus papeles. Cada que lo piensa se siente aliviada, es como si al deshacerse de ellos sublimara sus ganas de extinguirse para reinventarse… está pensando en quemarlos. Camino a su casa se detiene en una tlapalería donde el dependiente la provee de una bolsa llena de productos inflamables en botellitas con tapa roja.

Para las 7 de la noche ya tiene pilas de documentos clasificados: los artículos escritos, las propuestas nunca concretadas, los proyectos terminados, diarios de campo, años y años de trabajo —¿Para qué clasificar algo que está por desaparecer?— reflexiona mientras así en pilas los rocía con el líquido de las botellitas con tapa roja. Poquito —se ordena— para no hacer desastres.

Al ver como la biblioteca se empieza a llenar de humo, reconoce que su método no parece el más indicado, pero no puede evitar sentir placer al ver el fuego.


Al ver como se queman los papeles recuerda el barco con velas rojas que se incendian. Mira sus manos llenas de surcos y pecas, recuerda a Miguel al ver su anillo en el dedo anular. Rocía el resto de las botellas pero ahora sobre un tapete de lana que trajo de algún viaje y el cheslón verde inglés. Toma las llaves de su camioneta y se da cuenta que nuevamente se le hizo tarde, Miguel ya debe estarla esperando en ese lugarcito de risotos que tanto les gusta. Al encender la camioneta mira por el espejo como se van propagando las llamas, voltea el retrovisor para verse, no recuerda cuando fue la última vez que se había visto tan feliz.


Junio 2008

Wednesday, April 01, 2009

Tuesday, January 06, 2009



La mordaza del cielo baja: banal y diamantina.


Sobreviví a una guerra y casi muero por una historia de amor banal”.
Marjane Satropi, Película Persépolis (2007).


Martina está parada de puntitas, detrás tiene una reja. Está apoyándose en el picaporte para tratar de llegar lo más arriba posible y golpear al dragón contra la ventana de la puerta. Huele a fierro mojado, tanto que necesita tragar saliva. Toca, ¿alguien me escucha?, ¿alguien puede obligarte a ser libre?



María no saber qué hacer para que su cuerpo deje de temblar, exceso de olanzapina, casi brama como el mar violento cuando se rompe contra el peñasco - y mi corazón se truena – tiene lava en sus venas, y no quiere mirar por la ventana porque le da vértigo. Tiene miedo de obligarse a tirarse desde el sexto piso, ¿puedes abusar de ti misma?, ¿puedes encajarte un puñal en la entrepierna que te desgarre cada vez que caminas?, ¿alguien sabe cómo debes hacerle para apretar fuertemente el nudo y amordazarte?


Micaela se mueve balanceándose de un lado a otro y siente tranquilidad, como cuando se hacía bolita y estaba envuelta en un líquido suave, tun tan, tun tan, tun tan. Mira por la ventana todos los días a las personas que entran al edificio. Ahí también vive su psiquiatra. ¿Si fuera cuerda sería libre o la cordura es la mordaza?


Martha simplemente un día despertó y ya no estaba su mamá, y aunque salga al patio a tomar el sol cuando Martina y Micaela, no logra sentir calor. Desde hace días no puede dejar de pensar en que las flores amarillas con naranja tienen más de veinte puntitos y tres rayitas en cada uno de sus pétalos, pero no logra recordar cuántos pétalos son ¿son cuatro o son cinco, tun tan, o son cuatro o son cinco?.


Manuela mira el mar por la ventana cada día al despertar y durante mucho tiempo sintió también cada día lo mismo que cuando llevaba en una bandeja las tasitas de porcelana portuguesa con filo dorado que tanto adoraba cuando era chiquita, y por voltear al cielo a ver unos pájaros, tiré y dejaron de ser todo, ya no eran tasitas, ni filito dorado, ni mi objeto favorito, sólo pedacitos y los pedacitos no pueden contener nada. Y miro por la ventana al mar profundo, y me lo imagino lleno de tortugas y diamantina.

Hoy me voy, extrañaré a Martina y a Micaela pero aunque las quiera tanto, ya no quiero volver a salir a jugar con ellas, ya no quiero atarme a árboles.

- Manuela, apúrate que van a llevar por vos – me habla Mariano, si que extrañaré su voz cálida recordándome que yo tengo un filito dorado para contenerme. Me pongo mi abrigo y tomó mi maleta, está ligera, llevo poco, un par de vestidos, mi blusita deshilada y una foto de Claudio que me gusta mirar, de cuándo tenía tres añitos.

- Nos vemos el martes – me dice Mariano mientras me abraza. Ahora sólo vendré dos veces a la semana a terapia.

Mientras camino meto la mano al bolsillo de mi abrigo, y hago mi cábala: estrujo la diamantina y la arena que hace unos días guardé ahí.

Diciembre 2008.

Imagen. Muchacha en la ventana, 1925 - Dalí. Óleo sobre cartón piedra (105 X 74,5 cm)Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Tuesday, November 20, 2007



Expreso Doble hacia el sur.

¿Porque te extraño si ya no me dabas de comer? además la última vez que te lamí sabías amargo, como las ramitas de ese arbustito con flores blancas que hay en tu jardín. Me miro los pies y los tengo llenos de escamas, huelen salado a pesar de que hace mucho que no voy al mar.

Un expreso Doble.

¿Te mastiqué alguna vez? por más que intento muy pocas partes de mi cuerpo alcanzo a chuparme y ninguna de las que alcanzo me da placer. Alcanzo nuez moscada y ajenjo, flujos de cebada, naranja y clavo con fermento de papa, mi lengua ha rascado jengibres venosos y alguna vez hurgó tu pecho perfecto como pasto recién cortado pero ¿cuándo fue la última vez que mordí tus ojos claros llenos de peces y llene tu ombligo con saliva? mi saliva que no se la tragan besos profundos. Ni por mí porque no me alcanzo.

¿Cuándo fue la última vez que me diste de comer? por qué no me acuerdo. ¿Fué aquella vez que nos despedimos frente al parque?, ese parquecito frente a tu casa lleno de mierda de perro y azares, cuando me fui diluyendo entre palabras desazonadas y la luz del sol se quemó. ¿Porqué te extraño tanto si ya no me dabas de comer? además la última vez que te vi la ausencia empezó a morderme y me empezaron a salir escamas.

Treinta y dos, señora, señora! – dice el joven de la cafetería casi gritando. Mariana lo mira con extrañeza, observa el contraste de la madera con las estructuras de aluminio.

Gracias – nota que el café está muy caliente porque le quema las manos.

No hay tela, en este lugar nada tiene tela, ni es acojinado, no hay un lugar que no sea frío para sentarme.




Noviembre 2007.